Como si fuera suyo
"Cada uno no busque su propio bien, sino el del otro." (1 Corintios 10:24)
El Amor sabe detenerse.
Cada día abundan las historias de indiferencia. Con frecuencia escuchamos hablar de personas que pasan de largo ante el dolor ajeno o que consideran que los problemas de los demás no son su responsabilidad. Más aún, observamos “ejemplos de liderazgo” caracterizados por una marcada falta de empatía (¡horrible legado!). Sin embargo, de vez en cuando surge una historia que nos recuerda que Dios continúa obrando por medio de hombres y mujeres que deciden amar con acciones concretas.
Eso ocurrió cuando un agente de la Policía de Puerto Rico respondió a un accidente de tránsito. Mientras el padre del pequeño recibía atención tras el impacto, el agente de la policía tomó en brazos al bebé de apenas cinco meses, lo alimentó, lo consoló y lo protegió hasta que llegaron sus familiares. La madre del niño resumió aquel momento con una frase profundamente conmovedora: "Cuidó a mi hijo como si fuera suyo."
Esa expresión trasciende la noticia. Nos invita a reflexionar sobre el tipo de corazón que Dios desea formar en cada hombre y en cada padre cristiano. La Biblia enseña que el amor verdadero no se limita a los vínculos de sangre. Jesús amplió el concepto de prójimo al enseñar la parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37). Mientras otros seguían su camino, un hombre decidió detenerse, atender las heridas de un desconocido y asumir la responsabilidad de su bienestar.
El corazón de un padre ve la necesidad
Ese mismo principio se refleja en la actitud del agente de policía que mencioné. Durante unos minutos, aquel bebé dejó de ser simplemente "el hijo de alguien". Se convirtió en una vida que necesitaba protección, seguridad y cuidado. Eso es precisamente lo que hace el amor bíblico: ve primero la necesidad antes que la conveniencia.
En 24:15 afirmamos que los padres son los primeros pastores de sus hogares. Su llamado no consiste únicamente en proveer alimento ni en disciplinar, sino en reflejar el carácter del Padre celestial. Cuando un padre protege, escucha, consuela y permanece presente, está mostrando una pequeña imagen del cuidado constante de Dios hacia sus hijos. Sin embargo, este principio no se limita a nuestras propias familias.
Una de las grandes necesidades de nuestra generación es recuperar una cultura de responsabilidad mutua. Muchos niños crecen rodeados de personas, pero carentes de adultos que se interesen genuinamente por ellos. Padres ausentes, hogares fragmentados y comunidades cada vez más individualistas han dejado profundas heridas.
Los hombres de Dios están llamados a vivir de otra manera. Esto no significa reemplazar la autoridad de los padres biológicos, sino desarrollar un corazón dispuesto a servir, proteger y bendecir cuando las circunstancias lo permitan. Un maestro que dedica tiempo a un estudiante, un entrenador que forma el carácter de sus jugadores, un pastor que acompaña a una familia en crisis o un vecino que ayuda en una emergencia reflejan el mismo principio: amar al prójimo como a uno mismo.
Cristo, el modelo perfecto de amor
Jesús nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano. Tocó al leproso, lloró con quienes lloraban, alimentó a las multitudes y recibió a los niños cuando otros querían alejarlos. Su ministerio estuvo marcado por una disponibilidad constante para servir. Los padres cristianos estamos llamados a seguir ese mismo modelo. La empatía no es simplemente sentir compasión, ni mucho menos una palabra recién inventada; es permitir que esa compasión se traduzca en acciones.
La verdadera masculinidad bíblica no se mide por la fuerza física, el éxito profesional ni la capacidad económica. Se mide por la disposición a servir de manera sacrificial. El liderazgo comienza cuando un hombre decide poner las necesidades de los demás por encima de su propia comodidad.
También destaca otro principio importante: el compromiso. El agente no se limitó a cumplir con el protocolo mínimo. Permaneció con el bebé, verificó su estado, buscó cómo alimentarlo e incluso visitó el hospital posteriormente para asegurarse de que todo estuviera bien. Eso refleja una verdad profundamente bíblica: el amor persevera hasta completar la tarea.
En una cultura en la que muchos comienzan con entusiasmo pero abandonan rápidamente sus responsabilidades, Dios honra a quienes permanecen fieles. El compromiso distingue al padre que cumple su palabra, que está presente en los momentos difíciles y que continúa guiando a su familia aun cuando nadie lo aplauda.
Viviendo 24:15
Nuestros hijos necesitan mucho más que sermones sobre valores. Necesitan observar hombres que viven con integridad, cumplen sus compromisos y responden con compasión cuando otros atraviesan momentos difíciles.
Quizá nunca enfrentemos una situación tan dramática como la de aquel accidente. Pero todos los días Dios coloca delante de nosotros oportunidades para amar "como si fueran nuestros": un hijo que necesita ser escuchado, una esposa que requiere apoyo, un vecino que atraviesa una crisis, un nieto que busca orientación o una familia que necesita esperanza.
La pregunta no es si tendremos oportunidades de demostrar el amor de Cristo. La pregunta es si estaremos dispuestos a detenernos. Porque cuando un padre vive conforme al corazón de Dios, descubre que la verdadera grandeza no consiste en ser servido, sino en servir. Y cuando servimos con ese espíritu, nuestros hijos aprenden una de las lecciones más valiosas de la vida: que el amor verdadero siempre se demuestra con hechos.
Viviendo 24:15 comienza precisamente allí: cuando decidimos cuidar de otros con el mismo amor, compromiso y compasión con que nuestro Padre celestial cuida de nosotros.
Fuente: Periódico Primera Hora. 8 de julio de 2026, por: Maribel Hernández Pérez.
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