Tiempos de Transición.
Cuando Dios parece guardar silencio.
¿Alguna vez has sentido que Dios puso en pausa tu vida? ¿Has esperado una respuesta que parece no llegar? ¿Te has preguntado si Dios realmente está obrando mientras todo permanece en silencio?
Me fascina encontrar en la Biblia expresiones que, por lo general, pasan desapercibidas. En la carta de Pablo a Filemón hay una frase que ofrece una perspectiva profundamente pastoral sobre los tiempos de transición. El texto dice: "Porque quizá para esto se apartó de ti por algún tiempo, para que le recibieses para siempre" (Filemón 15, RV60).
Pablo utiliza con prudencia la palabra "quizá" (en griego, τάχα), que puede traducirse como "probablemente", "posiblemente" o "tal vez". El apóstol nos invita a contemplar la separación de Onésimo desde una perspectiva redentora: un tiempo limitado con un propósito eterno.
Estoy seguro de que muchos de ustedes, mis apreciados lectores, han atravesado temporadas de transición. Yo también he estado allí. He experimentado la pérdida de un empleo y la larga espera de meses en silencio antes de recibir una nueva oportunidad. También renuncié a un trabajo bien remunerado para responder al llamado de Dios al ministerio, sin saber con certeza hacia dónde me dirigía. Podría mencionar otras experiencias similares, pero creo que todos entendemos lo que significa vivir una temporada de transición.
La pregunta es inevitable: ¿cómo se aplica este principio al rol del padre?
La transición forma al padre.
Uno de los principios que se repiten a lo largo de las Escrituras es que Dios rara vez transforma a una familia sin antes transformar al padre, como líder espiritual del hogar. Con frecuencia los padres oran para que Dios cambie a sus hijos, sane su matrimonio o restaure su hogar. Sin embargo, muchas veces el Señor comienza por realizar una obra profunda en el corazón del padre. Ver Malaquías 4:6.
Ese proceso suele incluir períodos de espera, temporadas de aparente silencio, puertas cerradas, cambios inesperados y momentos en los que el fruto parece tardar más de lo esperado. Humanamente, estas experiencias parecen interrupciones o incluso injusticias. Bíblicamente, son talleres de formación. Es el taller donde Dios nos forma.
En 24:15 afirmamos con frecuencia que el hogar no cambia simplemente con información, sino mediante la transformación del corazón. Precisamente allí es donde las temporadas de transición desempeñan un papel indispensable.
Dios preparó a Onésimo antes de restaurar la relación.
El caso de Onésimo ilustra perfectamente este principio. Cuando huyó, era un esclavo; cuando regresó, era un hermano en Cristo. Lo más significativo es que ese cambio no ocurrió en la casa de Filemón, sino lejos de ella.
Durante ese tiempo conoció el Evangelio, fue discipulado por Pablo, maduró espiritualmente y aprendió a servir. Solo entonces regresó como una persona diferente. Por eso Pablo pudo escribir: "...ya no como esclavo, sino... como hermano amado" (v. 16). La espera dio lugar a una nueva persona.
Algo similar sucede con muchos padres. A veces, τάχα, Dios los aparta temporalmente de ciertos ministerios, proyectos o etapas muy activas de su vida para trabajar primero en ellos. Antes de ampliar la influencia, fortalece el carácter. Antes de confiarte mayores responsabilidades, tu dependencia de Él ha de profundizarse.
La formación precede a la misión.
Este patrón aparece repetidamente en las Escrituras:
José tuvo grandes sueños desde muy joven. Humanamente, esos sueños debían cumplirse de inmediato. Sin embargo, antes de gobernar Egipto pasó por el pozo, la esclavitud y la prisión. Lo que algunos considerarían años perdidos fue, en realidad, la escuela en la que Dios formó el carácter del hombre que preservaría a su familia y a muchas naciones.
Lo mismo ocurrió con Moisés. El gran libertador pasó cuarenta años aprendiendo en Egipto y otros cuarenta como pastor en el desierto. El desierto no fue un retraso; fue la universidad de Dios. El hombre que primero intentó liberar al pueblo con sus propias fuerzas tuvo que aprender a depender completamente del Señor.
También David fue ungido rey mucho antes de sentarse en el trono. Durante esos años cuidó ovejas, huyó de Saúl, vivió en cuevas y soportó traiciones. La corona llegó después de que Dios había formado al rey.
Podríamos añadir a Abraham, a Jacob y al propio apóstol Pablo. En cada caso, la preparación precedió a la misión.
En medio de estas temporadas, solemos hacernos preguntas difíciles: "¿Por qué Dios me tiene esperando?" "¿Por qué todavía no veo cambios en mis hijos?" "¿Por qué este proyecto no despega?" "¿Por qué este ministerio avanza tan lentamente?" “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?
La carta a Filemón ofrece una respuesta llena de esperanza: quizá Dios está haciendo una obra hoy que todavía no puedes ver.
No toda demora es un rechazo. No toda pausa significa abandono. No todo silencio indica ausencia. Muchas veces Dios está obrando donde nuestros ojos todavía no alcanzan a ver.
Quizá una de las grandes lecciones de Filemón sea precisamente esta: Dios nunca desperdicia las temporadas de transición. El Padre celestial utiliza los tiempos de espera para formar padres que no solo dirijan un hogar, sino que también reflejen el carácter de Cristo. Cuando ese proceso madura, los hijos, el matrimonio, la iglesia e incluso las futuras generaciones cosechan el fruto de una vida moldeada por Dios.
Un legado que permanece.
En el lenguaje de 24:15 podríamos expresarlo así: las temporadas de transición no son un paréntesis en el propósito de Dios; son el taller donde Él forma al padre que su familia necesitará mañana. Antes de restaurar un hogar, Dios suele restaurar el corazón del padre, (Malaquías 4:6). Antes de ampliar un ministerio, suele profundizar el carácter de quien lo dirige. Lo que hoy parece una espera, mañana puede revelar la sabia providencia del Señor: "Quizá para esto fue separado por algún tiempo, para recibirlo para siempre."
¡Abrazos de Papá!
¡Nos vemos en el barrio con un cafecito!
By: Dr. Rafael (Rafy) Gutierrez
Director/Founder: 24:15 Ministry
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