Un verdadero legado no exige que nuestros hijos hagan todo como nosotros lo hicimos o como queremos; les entrega algo digno de preservar y les permite llevarlo más lejos, más alto de lo que nosotros pudimos.
Durante 34 años, Rachid Lazraq hizo algo que millones de padres hacen cada día: trabajar y trabajar duro. Su pequeña zapatería en Shoreditch, Londres, había sobrevivido a décadas de cambios. El vecindario cambió, aparecieron nuevos negocios, aumentaron los costos y también la competencia. Pero Rachid continuó abriendo las puertas de su tienda. Hasta que llegó un momento en que comenzó a considerar cerrarlas definitivamente. Entonces ocurrió algo que probablemente no esperaba. Su hija Zineb decidió intervenir.
Ella pertenecía a otra generación y conocía herramientas que su padre no había necesitado durante la mayor parte de aquellos 34 años. Utilizó las redes sociales para contar la historia del negocio familiar y pedir apoyo. La respuesta fue sorprendente. Miles de personas conocieron la historia y comenzaron a llegar nuevos clientes. Pronto se formaron filas frente a aquella pequeña zapatería que el padre había construido durante décadas. Ahora, su hija lo estaba ayudando a preservar lo construido. Pero para lograrlo, papá tuvo que permitir que su hija hiciera las cosas de manera diferente. Y quizá allí encontramos la parte más hermosa de esta historia.
Lo que realmente dejamos a nuestros hijos
La Biblia dice: “El bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos…” Proverbios 13:22. Cuando escuchamos la palabra "herencia", pensamos fácilmente en propiedades, dinero, negocios o posesiones. Sin embargo, el legado de un padre es mucho más grande que lo que figura o se declara en un testamento.
La realidad es que, durante años, nuestros hijos nos observan. Aunque no nos percatamos, nos observan. Ven cómo trabajamos y cuándo estamos cansados. Ellos ven cómo tratamos a las personas. Ven cómo respondemos cuando las cosas salen mal. Observan nuestra perseverancia, nuestras prioridades, nuestra manera de administrar lo que Dios nos ha confiado, así como nuestros errores. Créanme, los observan.
En nuestra historia de hoy, Rachid construyó una zapatería, pero su hija, evidentemente, observó allí algo digno de preservar. Eso debería llevarnos a preguntarnos: ¿Qué estamos construyendo hoy que nuestros hijos considerarán digno de preservar mañana?
Para el padre cristiano, la respuesta debe ir mucho más allá de una casa, de propiedades, de dinero, de una profesión o de un negocio. Queremos dejar carácter. Integridad. Amor por la familia. Compasión por los demás. Una vida de servicio. Y, sobre todo, una fe genuina en Jesucristo.
Cuando el maestro se convierte en alumno.
Pero la historia de Rachid y Zineb tiene otra dimensión. Durante muchos años, la relación entre padres e hijos parece ir en una sola dirección. Nosotros, los padres, enseñamos. Les enseñamos a caminar, hablar, conducir, trabajar, tomar decisiones y enfrentar las consecuencias de sus acciones. Compartimos nuestra experiencia porque hemos recorrido caminos que ellos apenas comienzan a conocer. Pero sucede lo inevitable: nuestros hijos crecen. Aprenden. Desarrollan habilidades. Y llegará el día en que sabrán cosas que nosotros no sabemos. He estado ahí con mis hijas y ahora con mis nietos. Entonces, la paternidad necesitará otra virtud: la humildad.
Proverbios 12:15 dice: “El camino del necio es derecho en su opinión; mas el que obedece al consejo es sabio.” La sabiduría de un padre no consiste en tener siempre la respuesta. También consiste en reconocer cuándo necesitamos escuchar. Y a veces quien tiene algo que enseñarnos es nuestro propio hijo o nuestra propia hija. Escucha esto: eso no disminuye nuestra autoridad ni borra nuestra experiencia. Al contrario, puede revelar que aquello que estuvimos haciendo durante tantos años está dando sus frutos.
Que lleguen más lejos
Tal vez una de las dificultades de la paternidad surge cuando nuestros hijos adultos empiezan a hacer las cosas de manera diferente. Utilizan tecnologías que no dominamos. Ven oportunidades que nosotros no vemos. Cuestionan algunos métodos que para nosotros siempre han funcionado. Y podemos sentirnos tentados a decir: “Siempre lo hemos hecho así.” (¿Cuántos de ustedes lo han dicho?) Pero un verdadero legado no exige que nuestros hijos hagan todo como nosotros lo hicimos; les entrega algo digno de preservar y les permite llevarlo más lejos de lo que nosotros pudimos.
Piénsalo bien. Una de las mayores satisfacciones de un padre debería ser ver a sus hijos llegar más lejos que él. No porque hayan despreciado lo recibido, sino porque construyeron sobre aquello que papá y mamá sembraron.
No estamos creando y criando imitaciones de nosotros mismos. Estamos formando hombres y mujeres que pertenecen a Dios. Que reflejan la imagen del Padre Celestial.
Padres que también saben escuchar
Esto también debe ocurrir espiritualmente. Podemos enseñar a nuestros hijos la Biblia, llevarlos a la iglesia, orar con ellos y mostrarles con nuestra vida lo que significa seguir a Cristo. Pero un día podemos escuchar a nuestra hija explicar un pasaje bíblico y descubrir algo que no habíamos visto. Podemos observar a nuestro hijo servir a otros de una manera que nos desafía. Podemos verlos criar a sus propios hijos y pensar: “Yo puedo aprender algo de ellos.”
Qué hermoso momento. El padre que durante años enseñó descubre que ahora también puede aprender. Eso no implica la pérdida de la paternidad. Puede ser uno de los frutos más hermosos que podemos disfrutar de nuestros hijos e incluso de los nietos.
Viviendo 24:15
Rachid estuvo dispuesto a permitir que Zineb utilizara herramientas que él no conocía para preservar lo que había construido durante 34 años. Su historia nos recuerda que llegará un momento en el que tendremos que entregar parte de lo que hemos construido a la siguiente generación. Nuestra responsabilidad es procurarles algo que valga la pena continuar. Pero para el padre cristiano existe una verdad todavía mayor.
Nada de lo bueno que tenemos comenzó realmente con nosotros. Pablo pregunta: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Corintios 4:7). Nuestra vida, capacidades, familia y aun las oportunidades de influir sobre nuestros hijos son regalos de la gracia de Dios. Y nuestra mayor herencia no somos nosotros mismos. Es señalar a nuestros hijos hacia Jesucristo. Por eso no necesitamos competir con la siguiente generación. Podemos bendecirla. Podemos escucharla. Podemos aprender de ella.
Y algún día, con gratitud, podremos mirar a nuestros hijos y decir: “Yo llegué hasta aquí. Ahora toma lo que te entregué y, por la gracia de Dios, llega más lejos.” Y eso también es vivir 24:15.
Fuente: Rachid & Zineb
¡Abrazos de Papá!
¡Nos vemos en el barrio con un cafecito!
By: Dr. Rafael (Rafy) Gutierrez
Director/Founder: 24:15 Ministry
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