Papá también cuida.

La ternura y el cuidado no disminuyen la masculinidad de un padre; revelan una de sus expresiones más profundas.

Cuando Muhammad Danish tenía 16 años, una tos persistente terminó convirtiéndose en una emergencia. Comenzó a tener dificultades para respirar y fue ingresado en cuidados intensivos. Poco después llegó la noticia que ningún padre quiere escuchar: tenía linfoma, un tipo de cáncer de la sangre. Su padre, Muhammad Irfan, quedó destrozado.

Irfan era padre soltero de tres hijos. Durante las restricciones de la pandemia, fue la única persona autorizada para permanecer de forma regular con Danish en el hospital. Durante aproximadamente dos meses, aquel cuarto se convirtió prácticamente en su segundo hogar. Pero lo que hizo después desafía una idea que aún persiste en nuestra cultura sobre la paternidad.

Irfan, el papá, cuidó a su hijo con ternura y devoción.

Cuando Danish se cansó de la comida del hospital y, debido a su condición, necesitaba alimentos frescos cuidadosamente preparados, su padre comenzó una rutina agotadora. Regresaba a casa, lavaba la ropa, limpiaba, preparaba el almuerzo y volvía al hospital. Después, regresaba a casa para cocinar la cena y llevarla a su hijo.

Dormía en el sofá junto a la cama de su hijo. Firmaba documentos médicos. Permanecía cuando su hijo tenía miedo. Y cuando Danish enfrentó uno de los períodos más difíciles de su vida, su padre le hizo una promesa sencilla: “No vas a pasar por esto solo.”

La fortaleza que también sabe cuidar

Cuando pensamos en un buen padre, con frecuencia utilizamos palabras como proveedor, protector y trabajador. Son descripciones necesarias. La Biblia ciertamente llama al hombre a asumir la responsabilidad por su familia. Pero ¿qué ocurre con palabras como ternura, compasión y cuidado para describir a un buen padre?

Durante demasiado tiempo hemos considerado que algunas expresiones del amor hacia los hijos son principalmente características de las madres. Cocinarles cuando están enfermos, lavarles la ropa, sentarse junto a su cama, llorar con ellos o sostenerlos cuando tienen miedo pueden parecer actividades alejadas de la imagen tradicional de la masculinidad. Sin embargo, nada podría estar más lejos del modelo bíblico.

La fortaleza de un padre no se demuestra únicamente enfrentándose al peligro. A veces se demuestra permaneciendo junto a una cama de hospital. No siempre consiste en cargar algo pesado. A veces consiste en cargar emocionalmente a alguien que ya no puede más. Lo que me lleva a pensar que urge reconsiderar nuestra definición de fortaleza.

Jesús también cuidó.

Cuando miramos a Jesucristo, encontramos una masculinidad sorprendentemente diferente de muchas de las imágenes que nuestra cultura presenta. Jesús fue firme cuando necesitaba serlo. Confrontó el pecado y defendió la verdad. Pero ese mismo Jesús tomó a los niños en sus brazos, tocó a los enfermos, tuvo compasión de las multitudes y lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. Y la noche antes de la cruz hizo algo aún más sorprendente. Se levantó de la mesa, tomó una toalla y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos.

El Maestro sirviendo. El Señor arrodillado. La verdadera fortaleza expresándose mediante el cuidado. Por eso Jesús enseñó a sus discípulos: “El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” (Marcos 10:43).

La masculinidad bíblica nunca encuentra su máxima expresión dominando a quienes están bajo nuestro cuidado. Refleja a Cristo cuando utiliza su fortaleza para servirlos.

Nuestros hijos necesitan ambas manos

Un padre necesita una mano firme para proteger y otra suficientemente tierna para cuidar. Nuestros hijos necesitan ambas. Necesitan saber que papá lucharía por ellos si estuvieran en peligro. Pero también necesitan saber que pueden acercarse cuando tienen miedo. Necesitan corrección, pero también consuelo. Necesitan límites, pero también abrazos. Necesitan dirección, pero también alguien dispuesto a sentarse y escuchar.

Pablo utiliza una imagen hermosa al recordar su ministerio entre los tesalonicenses. Primero habla de ternura y después explica que los había exhortado y consolado “como el padre a sus hijos” (1 Tesalonicenses 2:11). Exhortar y consolar. Dirigir y acompañar. Fortaleza y ternura. No son contradicciones. Juntas forman parte del corazón de un padre.

“No vas a pasar por esto solo”

Después de tratamientos difíciles, una recaída y una terapia especializada, Danish pudo retomar sus estudios. Se graduó y comenzó una nueva etapa de su vida. Pero cuando recuerda aquellos años, recuerda especialmente algo muy sencillo: Papá estaba allí.

Quizá esa sea una de las frases más poderosas que un hijo pueda decir algún día de nosotros. Papá estuvo allí. Cuando tuve miedo. Cuando enfermé. Cuando fracasé. Cuando no sabía qué hacer. Cuando necesitaba hablar. Papá estuvo allí.

Viviendo 24:15

La historia de Muhammad Irfan y Danish merece nuestra admiración porque nos recuerda algo profundamente humano acerca de la paternidad: cuando un hijo sufre, el corazón de un padre lo impulsa a acercarse, a cuidar y a permanecer. Irfan no podía curar a su hijo de la enfermedad, pero sí podía asegurarse de que no tuviera que enfrentarla solo.

Una historia como esta también nos invita a mirar hacia nuestro modelo perfecto. Jesús no nos amó desde la distancia. Entró en nuestra condición, se acercó al quebrantado, tocó al enfermo, lloró con quienes lloraban, sirvió a sus discípulos y, finalmente, entregó su vida en la cruz por pecadores que no podían salvarse por sí mismos. Él es nuestro modelo perfecto.

Papás, nuestros hijos necesitan nuestra protección y provisión. Necesitan nuestra dirección espiritual. Pero también necesitan nuestra ternura, nuestras lágrimas, nuestros abrazos y nuestra presencia. Porque un padre, conforme al corazón de Dios, no solo dice: “Yo te protegeré.” También sabe acercarse, sentarse junto a su hijo y decir: “No vas a pasar por esto solo.” Eso también es fortaleza. Eso también es paternidad. Eso también es masculinidad. Eso es vivir 24:15.

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